miércoles, 6 de octubre de 2010

Más que un mal día

El cuerpo es un auténtico termómetro de nuestro estado anímico. No estoy descubriendo nada nuevo. Llevo dos días fastidiada, teniendo que marchar del trabajo con fiebre, vómitos, sudores fríos.
Gastritis por estrés es el diagnóstico médico. Decepciones es el diagnóstico mío.
Decepción en el trabajo, porque no tienen en cuenta tu experiencia profesional, les da igual tu opinión, y prefieren seguir equivocándose antes que escuchar tus ideas, y tú vas viendo cómo sin embargo utilizan tu nombre, ése que te llevó 15 años construir con mucho sudor, muchas horas y mucho renunciar a otros aspectos de tu vida.
Decepción en lo personal, porque cuando crees que un amigo te escucha y te entiende y está ahí de confidente, y se establece cierta complicidad, de pronto cambia, de un día para otro, sin darte explicaciones. Es más, cuando se las pides te niega ese cambio que tú percibes, y pierdes a alguien de las pocas personas a las que les has abierto tu corazón sin tapujos. Y pasan a pasar de ti, a huirte, a escaparte, a ni siquiera contestar tus llamadas cuando te humillas una y otra vez a ser tú quien llama porque tu "amigo" no lo hace. Y ni así coge. Y entras en una espiral de la que no sales.
Joder, ¿por qué cuando estás enferma notas más que nunca la soledad? Hiere sin piedad, sientes cada minuto, cada segundo, y sólo deseas que el tiempo pase a toda velocidad sin enterarte de nada.

Tengo fiebre. Tengo mareos. Estoy enferma. ¿Diagnóstico? ¡Yo qué sé! Ya no creo en los médicos

jueves, 30 de septiembre de 2010

Mi isla

Eres suave como el viento que ayuda a sobrellevar el sofocante calor de agosto en una playa cualquiera. No haces preguntas, escuchas, y tratas de entender mi locura y mi contradicción. En mis arranques aguantas la sed que luego me calmas en el vaso de mi libertad atada por la esclavitud que me he impuesto. No quieres nada más allá de este presente que se vuelve eterno cuando lo vivimos juntos. Sin pasado. Sin futuro. Sin utopias.
Cuando te tengo, me sobras. Cuando me faltas, estoy muerta.
Cada segundo contigo es tan blanco como negro. Tan real como imaginado.
Pero eres limpio. Eres sabio e ingenuo. Eres mayor y eres niño. Eres deseo.


Eres mi isla



martes, 28 de septiembre de 2010

Como-me-molo

"Que hablen de uno es espantoso, pero hay algo peor: Que no hablen" (Oscar Wilde)

Hace ya unos días, quedé con mi amiga Isabel Iglesias  en referirme a cierto comentario desafortunado que alguien a quien no tengo el honor de conocer puso en su blog . La persona en cuestión la verdad que debe de ser todo un experto en psiquiatría, porque, insisto que sin conocerme, hizo un diagnóstico de mi personalidad que ni el más perspicaz de mis amigos acertaría a manifestar.
Total, que una a quien su señor padre ha inculcado un espíritu de autocrítica que no veas, y recordando vagamente cierta ocasión en que un amigo psicólogo me hizo un test de personalidad profesional, decide buscar en esta maravilla de internet, hasta tropezarse con un test curioso. Y ¡oiga! Que lo repito una y otra vez, y es una lástima, porque de paranoide me sale un grado moderado, y en cambio descubro que me acerco bastante al narcisismo (¡hay que ver cuánto me quiero!)
Pero, por si hay dudas, yo que soy un libro abierto, aquí dejo los resultados (y de paso practico que HTML para que no me critiquéis)

TrastornoGrado
ParanoideMODERADO
EsquizoideBAJO
EsquizotipicoBAJO
HistrionicoMODERADO
AntisocialBAJO
NarcisistaALTO
LimiteMODERADO
ObsesivoALTO
DependienteMODERADO
EvitadorBAJO

Test de transtorno de personalidad


Como podéis ver, soy una narcisista perdida... Y en mis rasgos obsesivos, desde luego, no seré yo quien contradiga al test, pues la verdad es que cada día que paso sola, más maniática me siento. Pero en fin, que lo de paranoide, como que no me identifica mucho. Y veamos por qué.

Definición de Paranoide: Las personas con personalidad paranoide proyectan su propio conflicto y hostilidad hacia los otros. En general son frías y distantes. Encuentran intenciones hostiles y malévolas detrás de actos triviales, inocentes o incluso positivos y reaccionan con suspicacia a los cambios. Frecuentemente, las suspicacias conducen a conductas agresivas o al rechazo por parte de los demás (justificando así sus sentimientos originales). Los que tienen trastorno de personalidad paranoide a menudo intentan acciones legales contra otros, sobre todo si se sienten indignados y con razón. No son capaces de ver su propio papel dentro del conflicto. Aunque suelen trabajar en relativo aislamiento, pueden ser eficientes y concienzudos. A veces las personas que ya se sienten marginadas a causa de un defecto o una minusvalía (como sordera) son más prospensos a desarrollar una personalidad paranoide.

Sorda, sorda, no soy. En cuanto a las denuncias, de momento acumulo más contra mí, que interpuestas por mí (cuatro contra una, para ser exacta). Por lo demás, ojalá fuese más fría a veces, y la verdad es que aislada no trabajo, aunque sí soy eficiente... Claro que igual por eso soy narcisista (ja-ja-já, cuánto me quiero)

Pero, anécdotas aparte de alguien que tuvo sus cinco minutos de fama en el blog de mi amiga, lo que me ha servido este tema es para pensar que desconocía que me haya convertido en un ser tan importante como para que un desconocido se tome su tiempo en escribir e insultarme en un blog. Y entonces, aunque la cita que encabeza esta entrada la modificaron Unamuno y, posteriormente, Cela, me acuerdo del gran Oscar Wilde: sería terrible, desde luego, que no hablasen de mí.

Así que, querido Juan Álvarez Yanos, sólo quiero darte las gracias por tenerme tan presente en tu mente, pues de ese modo, me siento más viva todavía.

Y si tanto pensáis en mí, ¿cómo pretendéis que no sea narcisista?

Ay, ay, aaaay


martes, 7 de septiembre de 2010

La importancia de (hacer) reir

Admito que tengo muy mala leche. ¿Para qué negarlo? Tanto genio que hasta a veces pienso que me he vuelto "asocial", de tanto coleccionar manías.
Pero hasta en esos momentos en que me siento "contra el mundo", hay algo que a veces me salva por completo: que me hagan reir.
La gente que tiene esa capacidad, os juro que me provoca envidia, envidia sana. Porque si reírse es bueno, saber arrancar sonrisas y hasta carcajadas a los otros es una virtud que convierte en heroico a quien la posee.
No exagero.
Una situación de estrés laboral como la que estoy viviendo puede llegar a ponerte al borde mismo de la locura. Me encierro en mí misma, lo admito, y me ahogo no en un vaso de agua (creo que tener que trabajar 15 ó 16 horas al día no es un vasito), pero me ahogo en mí misma, en una espiral de la que no consigo encontrar el extremo de la madeja para empezar a resolverla.
Y entonces, aparece esa persona, esa llamada, ese mensaje al móvil, al facebook, y te lanza como un cohete, con suma rapidez, lejos de tu submundo, y te arranca la mayor de las carcajadas. Hasta la lágrima, que minutos antes salía de tus ojos, pero en el sentido opuesto al que lo hace ahora.
Es un don único. Es un arte. Y, desde luego, una prueba de una inteligencia supina, que los menos listos confunden con la burla. Existe una enorme diferencia entre el sentido del humor y el sentido de la burla. Tanto, que hasta diría que son lo opuesto. El sentido del humor nos da la vida, nos hace reír y olvidarnos por un momento ya no de los problemas, sino del hecho mismo de que tenemos problemas. Es el acto más generoso que existe. Y da fe de una seguridad supina de quien lo practica: he aprendido a reírme hasta de mí mismo. El sentido de la burla, por el contrario, es lo más egoísta y mezquino que existe: soy un tipo tan, tan, tan inseguro, que sólo disfruto fastidiando a los demás, y si puedo ridiculizarles en público, nadie se dará cuenta de que el ridículo soy yo. La diferencia, desde luego, está clara. Y, sin embargo, cada vez nos encontramos más a los burlescos que van de humoristas.
Eso vuelve aún más heroicos a mis artistas particulares, ese amigo, esa amiga, que cuando me ve en la oscuridad más absoluta, siempre encuentra el interruptor de la luz de mis carcajadas.
Gracias.

lunes, 30 de agosto de 2010

Obras en agosto



Por culpa de una otitis (bueno, por culpa del antibiótico de una otitis) me han prohibido terminantemente tomar el sol (¿para eso estuve un mes tostándome, para ahora en una semana perder mi difícil bronceado?). Total, que como seguimos con la jornada intensiva, y no puedo ir a la playa, una que es muy responsable se lleva el curro a casita, para ir adelantando con una cervecita en la mano...
Pero resulta que en agosto, en mi edificio, hay obras. Y no unas obras cualquiera, de estas que hay un murmullo pesado de fondo y punto, si no que son obras en la fachada del edificio.
Y, justamente hoy, les ha tocado taladrar mi pared. Y digo bien en singular, mi pared, puesto que en un mini apartamento de 38 metros cuadrados, decirlo en plural parece un delirio de grandeza... Imagínense ustedes lo que puede ser un taladro continuo en la pared de al lado, y encima con una otitis media aguda. Vamos, para irme directa al psiquiátrico...
Sí he sacado una conclusión de las obras en agosto: siempre hay quien se beneficia del mal ajeno. Y, si no, que se lo digan a los del bar de abajo, que estamos aquí medio vecindario, incluida la menda lerenda, ordenador (MacBook, of course) en ristre, y cervecita en la otra mano.
Estoy un poquito harta de los ruidos y ruiditos de este piso. Pero ese es otro tema en el que prefiero no entrar, porque anoche, por internet, encontré el piso de mis sueños (os lo juro, qué maravilla, y tirado de precio), y al llamar por la mañana, justo 10 minutos antes lo acababan de alquilar... Una pena.
Entre el estrés postvacacional, la decepción inmobiliaria, y los taladros (de fachada y de oído), espero no acabar histérica. Aunque ya hay por ahí quien me tacha de "paranoide total"... Pero bueno, ese es otro tema que otro día trataré en profundidad en este blog, porque tiene tela, tela, tela. Si acaso, me acerco al "borderline", pero paranoide... En fin.
A seguir con el aburrimiento. Gran invento el facebook

miércoles, 25 de agosto de 2010

Conformismo


Un domingo normal en Barajas. A las 18.30 embarque en el vuelo de Air Europa destino Vigo. Altavoces que comunican un retraso en el embarque. Vale. Retraso de 15 minutos. Entra dentro de lo normal.
Por fin llega al avión. Nos subimos. El aparato comienza a rodar. Debe de haber algún problema, pues el calor es sofocante y al abrir el "chorrito" del panel del techo, el aire que sale es, igualmente, caliente. Madrid a 32 grados y nosotros, apretujados en un Boeing 737-800, rodando por la pista. Nadie da una explicación; nadie la pide tampoco. Una hora y diez asfixiados en la lata de sardina, con comentarios del tipo "bueno, es lo que hay", bebés y niños llorando, pañuelos secando el sudor... Pero todos "conformes".
Pido explicaciones a un azafato y me dice "es agosto". Le contesto, "¿y si es agosto, no debería funcionar el aire acondicionado?". Sonrisa "azafaifa" y un "lo siento".
Total, que llegamos al aeropuerto de Peinador, con dos horas de retraso, y evidentemente –bueno, evidentemente para la mente de bicho raro que tengo– voy a rellenar una hoja de reclamación creyendo, ingenua de mí, que iríamos todos en tropel. Pues no: sólo fuimos yo y una señora de Madrid. Y es que con los gallegos ya se sabe, ¿no?

Hace algún tiempo, alguien mucho más sabio que yo me dijo –con gran acierto– que uno de los grandes problemas de Galicia era el conformismo de sus gentes. Ése "que lle imos facer" me saca de mis casillas. Ese "es lo que hay" no puedo –lo siento– compartirlo.
Aislados históricamente por la Meseta, tardamos tanto, tanto, tanto en despertar que así estamos ahora. Porque nuestro conformismo nos llevó, por ejemplo, en un pasado, a preferir trasladarnos en barco a "las Américas" antes que reclamar a Madrid lo nuestro. Los gallegos hemos sido históricamente explotados porque era muy cómodo para los explotadores: nos dejábamos, porque "es ley de vida, filliño"...
Con lo cual, está claro que debí de haber nacido equivocada... Porque el conformismo, sencillamente, me repugna. Más vale que Air Europa me conteste, porque yo no me conformo con ser "ganado"


viernes, 13 de agosto de 2010

Duele


-¡Qué días aquellos cuando podía volar!
-¿Por qué ya no puedes volar, mamá?
-Porque he crecido, mi amor. Cuando la gente crece se olvida de cómo se hace
("Peter Pan". James Matthew Barrie)

Crees que cierras una etapa, y de pronto hay una ráfaga que abre la ventana de par en par, para que el viento te dé en toda la cara hasta arrancarte lágrimas
Te vi de la forma más estúpida en que se puede encontrar a alguien. Me recordaste y te acercaste. Hablamos tres o cuatro tonterías (el consabido qué es de tu vida y bla bla bla) y ya. Fulminante. Sin tiempo a reaccionar.
No puedo recordar, por más que me esfuerce, qué fue lo que pasó. Por qué perdimos el contacto. En qué momento se produjo esa distancia. Lo pasábamos bien, teníamos yo en ti, y tú en mí, a ese confidente que sólo escucha y nada pregunta. Sin ningún tipo de ataduras. Ése fue el acierto.
He pasado contigo algunos de los momentos no sé si más felices, pero sí, sin duda, más divertidos de mi vida (Dios, la imagen que me venía a la cabeza esa noche, ya en casa, tratando de conciliar el sueño, fue la de aquella mañana en tu moto, de Santa Cristina a La Coruña, yo chillando por la velocidad y tú ya medio sordo...) ¿Qué fue lo que pasó? Probablemente, acabó porque uno de los dos tenía pareja. No lo sé. Honestamente, no puedo recordarlo.
Pero verte fue fulminante. Tardé en reaccionar. Lo confieso. Pero pasados los primeros minutos, rompí a llorar como una niña. No podía parar. Ese encuentro fugaz me trajo no a la memoria, sino de la memoria, una época que yo creía cerrada, "pasada" (de "pasado-presente-futuro"). Y me hizo falta verte para saber que no, que no estaba cerrada.
Fue, hasta ahora, la etapa más feliz de mi vida. Y de eso no tengo ninguna duda. Y creo que por eso lloraba, pero en el momento no podría decir el porqué. Me hiciste revivir un tiempo que ya no está. Y eso, eso duele. Duele una barbaridad.
Llegué a casa a las cinco de la madrugada y me puse como loca a buscar el libro que me regalaste ("Las niñas buenas van al cielo; las malas a todas partes", ¿lo recuerdas?), porque dentro estaba tu carta. La carta que me escribiste cuando cumplí 31 ó 32 años (ni eso recuerdo bien). Pero no lo encontré. Tengo media vida metida en cajas en un trastero... Supongo que como un modo de demostrarme a mí misma que no quiero quedarme en Vigo. No lo sé...
Esa noche no pude dormir. Tenía demasiadas sensaciones en el cuerpo. Y una envolvía a todas las demás: el dolor.
Ahora sólo puedo decir que, si eso es hacerse "vieja", yo me quedo con Peter Pan.